domingo, 11 de febrero de 2024

LATIDO ESCANDINAVO

           Sonó el teléfono a media mañana y la columna vertebral de Erik Parmigiano se sacudió en un escalofrío de gozo y temor. El número de la pantalla estaba hace tiempo cosido en su mente. Era el 0303456 de la Coordinadora Regional de Trasplantes del Hospital Careggi. Descolgó y su parte de la conversación fue un semimudo en monosílabos. Había un corazón disponible.
Se sentó en el sofá de pensar, pero fue incapaz. Miró sin ver, tembló, se vació de impresiones y así estuvo por espacio de cinco minutos. Las mandíbulas presionaban los dientes, hasta que las liberó con un chasquido y sus labios pudieron esbozar entonces una sonrisa. No podía entretenerse. Cruzó el salón y salió al jardín. Los dos lagartos basiliscos del terrario, Kermit y Miss Piggy, dormitaban tendidos al sol como era su costumbre y no se percataron de su presencia. Comprobó los parámetros de temperatura y humedad. Les dejó una ración extra de alimento con la esperanza de que no la consumiesen voraz e irracionalmente en un solo día. Miró el vientre abultado de la hembra. El nacimiento inminente le pareció buen augurio. Quería pensar que ellos formaban una pareja bien avenida en lugar de ser náufragos resignados a la media naranja impuesta en su isla. Observó las piedras que ya parecían esponjas sudando musgo y la vegetación reproduciendo una selva exuberante en miniatura, un hábitat fabricado según sus instrucciones para representar una fábula. Aseguró los cierres del recinto y volvió al neutro minimalismo de la casa.    
          La ascensión por la escalera para recoger la maleta lista en el dormitorio, se le hizo eterna. Al bajar, paró en el rellano, suspiró mientras intentaba retener cada objeto en la memoria y los instantes de calma impulsaron de nuevo sus piernas. Cuando hizo girar la llave en la puerta, supo que cerraba una etapa, a vida o muerte. Tal vez con la retirada de su víscera defectuosa llegaría la calidez porque su corazón era particular: estaba yermo como la tundra por parte de los genes nórdicos de su madre. Erik sabía conjugar el verbo querer, pero no el amar.
        En la habitación asignada, el tipo en pijama frente al espejo del baño se le antojó menos rubio, menos alto, menos guapo, pero con un ardor extraño brillando en su mirada. ¿Sería efecto del preoperatorio? Su corazón acabó en la basura a las 03:03, acunado por un viento del norte, aunque sin réquiem vikingo, ni ceremonia alguna. Miss Piggy en aquel momento enterraba media docena de huevos.
         Tras día y medio, el sol florentino que le vio nacer acarició sus parpados, y él abrió los ojos al mundo treinta años después. Miró por la ventana. Había despertado al sur. La vida le reclamaba de forma esplendorosa. Se enamoró súbitamente con los cinco sentidos: jugó a ver formas voluptuosas en las nubes, acarició los pétalos de rosa en el jarrón, escuchó murmullos en el pasillo que reconfortaron su soledad, disfrutó el umami del polpettone como si lo comiese por primera vez, incluso aspiró las sábanas porque olían a una mezcla de talco infantil y mandarina. Estas sensaciones le lanzaron flechazos de estreno que se debatieron en latido acompasado por sus arterias. Lo consideró un buen punto de partida.
Necesitaba a Raffaella, siempre junto a él soportándole, aunque amiga sin compromiso y su deseo se materializó entrando por la puerta. Reparó de soslayo en sus curvas apretadas en estampado de margaritas, en el tirante del sujetador que asomaba, en la peca junto a su labio inferior y en sus pechos acariciados por la medalla de la Virgen del Amor Hermoso. A pesar de ello, no la vio como la deidad de antaño adorada a su manera. Ahora besó a una frágil mariposa que saldría volando si no lo impedía. Todo encajó. Interpretó el dictado de sus pulsaciones decidiendo entregarle el amor que le debía, sin embargo, era un sentimiento insólito y tendría que aprender cómo hacerlo. El lagarto basilisco se desplaza veloz por la superficie del agua sin hundirse y da la impresión de una ilusión, un portento de fe o un superpoder entregado a su especie porque sí. Erik creyó que lo suyo también fue un milagro. Kermit estaría orgulloso.